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Como ya se han comentado en otros artículos de este blog, la obesidad es un factor de riesgo para enfermedades neurodegenerativas. Una investigación publicada recientemente por investigadores de diversas entidades alemanas ha demostrado que la obesidad también estaría relacionada con deficiencias neurobiológicas en las neuronas que regulan los circuitos de saciedad y recompensa en el cerebro.

La obesidad se relaciona con enfermedades del cerebro

La obesidad es una de las mayores causas actuales de muerte en el mundo. Se estima que aproximadamente hay un 35 9% de los adultos mayores de 18 años que presentan sobrepeso y 13% con obesidad. Parte de este problema se asocia con adicción a la comida.

El apetito y las ganas de comer están regulados por señales en el cerebro que pueden aumentar los circuitos de deseo de recompensa. Estos circuitos de recompensa se regulan entre otros por neuronas que liberan dopamina, que es una sustancia neurotransmisora que permite la comunicación entre neuronas. La dopamina también regula en el cerebro los procesos de enamoramiento, las adicciones, las sensaciones placenteras y la motivación. En el artículo sobre qué le pasa al “cerebro enamorado” se comenta más al respecto.

Desajustes en la regulación de la dopamina en el cerebro de personas con obesidad

Las nuevas evidencias científicas analizaron las muestras de cerebros postmortem de distintas personas con normopeso, sobrepeso y obesidad. En particular, investigaron el estado de las neuronas que producen dopamina en algunas regiones del cerebro. Estos investigadores demostraron que se producían cambios neurobiológicos importantes en la dopamina y otras moléculas asociadas con la función de la dopamina. En concreto, había valores inferiores de estos marcadores en las personas con obesidad.

Hipersensibilidad al apetito asociado con la obesidad

Los investigadores comentan en su artículo que los defectos en el sistema de recompensa asociados a la obesidad explicarían la adicción a la comida y el exceso de ingesta que sufren muchas personas con obesidad. En otras palabras, las haría más vulnerables para comer en exceso y así satisfacer la ansiedad y compulsión de las sensaciones placenteras del alimento.

Siendo optimistas, quizás en un futuro se pueda conseguir una regulación farmacológica de la dopamina y sus transportadores para conseguir una mayor estabilidad en estos circuitos de recompensa en personas que padecen esta enfermedad. Sin embargo, todavía se carecen de las herramientas adecuadas para poder efectuar estas estrategias.

Agradezco a mi colega y amigo Enrique Burunat, profesor de la Universidad de La Laguna, el haber compartido conmigo este artículo tan relevante.

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¡Exito!

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