Ya es vox populi: el fenómeno obesogénico es una pandemia en Europa, sobre todo en las clases más pobres. Paradójicamente, la obesidad viene muchas veces acompañada de una desnutrición. El cuerpo reacciona generando inflamación y acumulando grasa como resultado de la alimentación ultraprocesada que sin embargo no nutre lo suficiente.

Ya conocemos el efecto en la salud de este fenómeno social: aumento de enfermedades cardiovasculares, hipertensión y diabetes tipo II. Lo que quizás se sepa menos es que el cerebro es uno de los principales afectados por la “desnutrición obesogénica”.

El cerebro decide si tenemos hambre

El cerebro es el que regula el control del apetito. Responde a las señales de diversas hormonas y sustancias químicas que le indican si estamos necesitados de alimento o saciados. De esa manera el cerebro toma conciencia y regula el estado nutricional.

Una de las regiones del cerebro que participa en este proceso es el hipotálamo. Esta región cerebral no actúa aisladamente, sino que está conectada con las representaciones del mundo exterior e interior. En otras palabras, también regula las ganas de comer frente a alimentos apetitosos con independencia de que estemos hambrientos. Es el que regula el “hueco” que muchos amantes del sabor dulce dejan para el postre. ¿Quién se resiste a la visión exuberante de una tarta de chocolate?

El fenómeno obesogénico es una pandemia en Europa, sobre todo en las clases más pobres.

Cuando la alimentación es mala (rica en sal, azúcar refinado, grasas saturadas, harinas refinadas, refrescos) se genera un aumento de la neurotoxicidad y la neuroinflamación, lo que a su vez desequilibra los circuitos del hambre y la saciedad. Por añadidura, los alimentos ultraprocesados ricos en azúcares refinados generan hedonía (el placer de seguir comiéndolos) y adicción. Así, reproducimos el círculo vicioso de seguir comiendo alimentos ricos en azúcares y grasas que son más palatales y que pueden generar inflamación y neurotoxicidad.

¿Por qué la obesidad reduce la memoria?

Algunos estudios clínicos han puesto en evidencia que la obesidad aumenta el riesgo de desarrollar trastorno cognitivo leve, en concreto en la memoria a corto plazo (la que nos permite recordar un número de teléfono según nos lo dicen) y la memoria ejecutiva (la que nos permite planificar tareas cotidianas, por ejemplo). También aumenta el riesgo de demencia y Alzheimer.

¿Por qué la obesidad aumentaría el riesgo de perder capacidad cognitiva? Si bien los mecanismos concretos no se saben aún con claridad, todo apunta a que esté relacionado con:

1.- El aumento de inflamación en el cerebro.

2.- Alteraciones con las bacterias del intestino.

Añadido a estos dos factores se sabe que aumenta la resistencia a la insulina (la antesala de la diabetes) que aumenta también el riesgo de padecer enfermedades neurodegenerativas.

La mala alimentación inflama

La obesidad no solo se considera actualmente un desorden metabólico sino que además entra en el grupo de las enfermedades inflamatorias. Es decir, afecta las funciones del sistema inmune, de las defensas del organismo que nos protegen de enfermedades y alergias.

Se sabe que el aumento de grasas libres en la sangre de manera continuada desencadena todo un conjunto de desequilibrio en las moléculas que gestionan la inflamación (inflamación sistémica). Además, los estudios recientes indican que también se genera una “inflamación central” en la que el cerebro se vería afectado. El cerebro no se inflama como lo hace un músculo cuando nos damos un golpe, pero sí se generan los cambios en moléculas y sustancias que alteran su función normal. Los procesos inflamatorios que ocurren en la cabeza afectan sobre todo a la memoria y a la regulación de las emociones. La neuroinflamación también afecta al estado de ánimo.

Defectos en la comunicación entre el intestino y el cerebro

En otros artículos de este blog se ha comentado la importancia de los microorganismos que viven en el intestino para la salud cerebral.

Las investigaciones de la última década efectuadas han puesto de manifiesto que los desequilibrios de los microorganismos intestinales fomentan patologías del cerebro como párkinson, alzhéimer, depresión y autismo. Las bacterias del intestino no solo ayudan a digerir los alimentos, sino que producen para el cerebro sustancias que contribuyen a su desarrollo y mantenimiento posterior en el adulto. Son las grandes aliadas de la salud de la cabeza.

Con la mala alimentación (pobre en fibra y rica en grasas saturadas, sal y azúcar refinado) se fomenta la aparición de desequilibrios en la flora intestinal, y se genera indirectamente una inflamación a nivel intestinal que indirectamente contribuye al deterioro cognitivo y del aprendizaje.

De esta manera, generamos otro círculo vicioso en el eje intestino-cerebro, por el cual la alimentación nociva aumentaría el desequilibrio intestinal, la inflamación y por añadidura fallos en la memoria y el estado anímico.

Estos efectos se pueden revertir

Aunque todavía queda mucho por investigar, se sabe que estos efectos nocivos de la malnutrición y obesidad se pueden revertir. Actualmente se trabaja en desarrollar estrategias terapéuticas para conocer mejor cómo atajar estos círculos viciosos.

La pregunta que me surge es si esas terapias para mejorar los procesos inflamatorios generados por la obesidad estarán al alcance de los más necesitados. Mientras tanto, el mejor remedio es la prevención para la cual se requiere a voces la implicación de las políticas sociales y gubernamentales.

 

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¡Exito!

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