Paul Greengard fue un científico sobresaliente que recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en el año 2000. Se conoce como el científico que descubrió “el beso de la alegría”. Se despidió de la vida hace un mes, pero su historia y hallazgos perdurarán.

En su casa no querían que estudiara

Paul Greengard (Nueva York, 1925 – 2019) era hijo de un cantante de vodevil bastante exitoso. Su madre (Pearl Meister) murió cuando le daba a luz. Sin embargo, creció pensando que su madrastra era su madre natural hasta que ya septuagenario, un poco antes de que ganara el Nobel en el año 2000 descubrió quién era su verdadera madre.

El ambiente en el hogar era poco intelectual. Como él comentaba, “esa es probablemente una de las razones por las cuales inicié una rebelión que me llevó a estudiar mucho más de lo que se me pedía”.

Sin embargo, no lo tuvo fácil. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando tenía 17 años, fue enviado al Instituto Tecnológico de Massachusetts para participar en el desarrollo de sistemas de alerta para interceptar aviones japoneses kamikazes que se lanzaban sobre los buques americanos. Cuando acabó la guerra decidió no seguir colaborando en esa línea de investigación. “Pensé que había mejores maneras de pasar mi vida que intentando destruir la humanidad” afirmó en 2013 en una entrevista en The Journal of Clinical Investigation.

Sus padres no querían que fuera a la Universidad, pero pudo conseguir una beca de estudios financiada por el Gobierno americano gracias a la G.I. Bill, una ley que permitía financiar los estudios a los soldados americanos desmovilizados durante la guerra.

Luchar contra los dogmas

Cuando se doctoró en Biofísica (1953) inició sus investigaciones sobre cómo las neuronas comunicaban entre sí.

En aquel entonces se sabía que las neuronas se estimulaban por impulsos eléctricos. Sin embargo, Greengard se interesó a las sustancias químicas que podrían estar detrás de ese proceso. Fruto de esta investigación que se extendió durante un periodo de más de 15 años fue encontrar que había una forma de comunicación neuronal alternativa que no era de tipo eléctrico.

Sin embargo, cambiar el dogma y conseguir que la comunidad científica aceptara estos hallazgos le costó muchos años. En contrapartida, estos estudios fueron los causantes de que posteriormente consiguiera el Premio Nobel.

Una anécdota divertida fue que cuando le iban a conceder el Nobel se lo comunicaron unos días antes de que saliera publicado en los medios de comunicación. Sin embargo, ya años antes le habían comentado que se lo iban a otorgar, y como nunca ocurrió había perdido la ilusión y el interés en este aspecto. Por esta razón olvidó la noticia y fue uno de los primeros sorprendidos cuando lo vio anunciado tres días después en los medios de comunicación.

El beso de la alegría

Paul Greengard describió que las neuronas se pueden estimular por un mensajero químico denominado dopamina.

La dopamina es una molécula que las neuronas utilizan para comunicar entre sí (un neurotransmisor) especializado en muchas funciones relacionadas con el placer, la recompensa, el estado de ánimo y la motivación. Sin la dopamina es bastante probable que nuestra vida estuviera llena de desmotivación y falta de ánimo para hacer tareas. Se convertiría en un cierto caos.

La dopamina es por ejemplo una de las moléculas que aumenta sus niveles cuando estamos enamorados o tenemos sentimientos alegres. Es la responsable del subidón de euforia que sentimos en algunas ocasiones.

Otra función esencial de la dopamina es su participación en la regulación de los movimientos voluntarios de los músculos. Las personas con la enfermedad de Parkinson pueden perder hasta un 70% de la capacidad de producir esta molécula. Las consecuencias ya las conocemos: se produce una pérdida de la movilidad, temblores, incapacidad para mantener la postura, etc.

Los trabajos de Greengard sentaron las bases para muchos fármacos antipsicóticos, para anomalías neurológicas y psiquiátricas así como para la síntesis de fármacos para aliviar los síntomas de Parkinson, como es el caso de la levodopa.

Más allá de la ciencia está la persona

Un aspecto particularmente entrañable de la personalidad de Paul Greengard fue el hecho de que donó el montante del Premio Nobel (unos 300.000 euros) para la creación de un Premio que reconociera la labor de investigadoras en biomedicina. Quería que la mujer científica tuviera mayor visibilidad y reconocimiento.

El Premio se llamó como su madre natural, Pearl Meister Greengard, que sin saberlo contribuyó a la ciencia trayendo al mundo un neurocientífico ilustre cuyos trabajos perdurarán más allá de la vida.

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¡Exito!

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