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El intestino es el órgano olvidado

Los microorganismos tales como hongos, bacterias, virus (microbiota) que conviven en el intestino toda nuestra vida son aproximadamente unos 100 trillones. Si los pudiéramos “pesar” representarían más de dos kilos del total de nuestro peso.

Tienen muchas funciones ya bien conocidas, como ayudarnos a la digestión, y a “fabricar” muchos nutrientes beneficiosos para nosotros, incluyendo vitaminas. Por eso nos podemos permitir “el lujo” de no pasarnos todo el día masticando (como les pasa a muchos animales) a la vez que tenemos un mejor aprovechamiento energético del alimento.

Las “huellas dactilares” intestinales

¿Sabías que cada persona tiene al menos dos tercios del total de microorganismos propios que son distintos de otras personas? Si nos pudieran analizar a cada uno todos los tipos de microbiota que tenemos, veríamos que cada intestino contiene los suyos propios en su gran mayoría. Es decir, que tenemos un “intestino personalizado”. Pero además, cada microorganismo tiene sus alimentos favoritos, por lo que tendremos más abundancia de un tipo u otro en nuestro intestino dependiendo de lo que comamos.

¡Y eso tiene mucha importancia para nuestro cerebro!

La microbiota es decisiva para el cerebro

Los microorganismos del intestino influyen en muchos aspectos neurológicos, tales como la memoria y el aprendizaje. También modulan el desarrollo cerebral y la conducta, y se han relacionado con Alzheimer, esclerosis múltiple (como comenté en este artículo de mi web), ansiedad, estrés y mucho más.

Los cambios en nuestra microbiota pueden influenciar la neuroquímica de nuestro cerebro, alterando los niveles de muchas proteínas y moléculas que son necesarias para su correcto funcionamiento. Y cada vez hay más hallazgos que demuestran que los desequilibrios de la microbiota en el intestino (la disbiosis) también contribuye desarrollo de enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson.

El desequilibrio intestinal como causa del Parkinson

En una investigación reciente de un modelo de ratón en el que se emula el Parkinson se ha demostrado que se requiere también de desajustes en la microbiota intestinal para provocar los problemas motores y de inflamación en el cerebro que tiene lugar en esta enfermedad.

También se demostró que cuando se modifica esta microbiota por antibióticos o por re-colonización de la flora, se modifica la patología del Parkinson, lo que sugiere que es el intestino el que modula la enfermedad.

Esta investigación por tanto sugiere que el origen del Parkinson está en la microbiota del intestino, que afecta posteriormente a las moléculas del cerebro, desarrollando todos los síntomas posteriores de la enfermedad como son los problemas motores y neurodegenerativos.

La flora intestinal y la depresión

En un artículo anterior de esta web comentaba que “el ánimo parece depender de las tripas”, es decir que también en el caso de la depresión la flora intestinal tiene mucho que ver.

Ahora, una publicación en la que ha participado la Universidad de Zaragoza ha demostrado que una proteína de las células del intestino denominada TLR2, que sirve como un “indicador” del estado de nuestra flora intestinal, regula los niveles de serotonina. La serotonina regula entre otros nuestro estado de ánimo, y sus niveles aparecen bajos en personas con depresión.

Este hallazgo confirmaría la relación entre el estado de ánimo y el estado de la microbiota intestinal.

Por consiguiente, lo que comemos tiene una importancia vital en nuestro cerebro, que tiene un diálogo interno permanente con el intestino. Y nuestro intestino es tan genuino como el fascinante cerebro. ¡Cuidémoslo!

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¡Exito!

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