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Quejarse constantemente perjudica la salud cerebral

Es probable que, en general, en el año 2020 nos hayamos quejado más que de costumbre. Lamentarnos y exteriorizar nuestro malestar es saludable, seguramente nos libra de una sensación interna que nos puede “reconcomer” de alguna manera. Compartirlo con personas que empatizan con nosotros puede suponer un efecto mental anestésico y aliviador. No obstante, el lamento crónico puede afectar al cerebro, según los estudios.

Dar las gracias es neurosaludable

En otros artículos de este blog se ha comentado que ser agradecido genera procesos neurocognitivos beneficiosos.

Varios estudios han demostrado que ser agradecido desempeña un papel importante en la vida moral y social. Sentirse gratificado genera sensaciones de “buena vida”, aumentando la sensación subjetiva de bienestar personal, fomento de las relaciones sociales y de la cooperación.

Un aspecto interesante es que el agradecimiento tiene que nacer de la propia voluntad personal, mientras que cuando ese agradecimiento se ve “forzado” por las circunstancias no genera el mismo beneficio cerebral, los efectos cerebrales no son los mismos y no se activaban regiones cerebrales asociadas con el refuerzo y la autoestima.

La sensación voluntaria de agradecimiento genera un mayor beneficio cognitivo. Por consiguiente, ser generoso a la hora de agradecer el esfuerzo altruista de los demás puede ser una fuente adicional de bienestar mental y de longevidad cerebral.

Enfado colectivo

Exteriorizar el enfado ante un efecto adverso o inesperado puede suponer una forma necesaria de escucharnos a nosotros mismos desde otra perspectiva de las circunstancias. De esa manera, a veces conseguimos aminorar los sentimientos de enfado e incluso encontrar soluciones alternativas que permitan un alivio de la emoción adversa.

Cuando sentimos un dolor y lo exteriorizamos con personas que empatizan con nosotros, sentimos inmediatamente un cierto alivio del malestar. Como demuestran los estudios científicos, a mayor grado de empatía, menos dolor se experimenta. En un estudio efectuado con actores que emulaban sentimientos de empatía, indiferencia o neutros frente a dolor de alguien, se observó cómo se modificaba el dolor de las personas que recibían esas distintas reacciones. Observaron que cuando los comentarios eran de empatía, se atenuaba la sensación de dolor, incluso se reducía el ritmo cardiaco. Sin embargo, cuando los comentarios no eran empáticos, se observaba un aumento del ritmo cardiaco en las personas con dolores, como si ese dolor se hubiera intensificado. Estos resultados indican que la empatía de los demás con el dolor propio alivia la sensación dolorosa sin necesidad de analgésicos.

De la misma manera, el enfado puede ser positivo para contrastarlo con los demás desde otras perspectivas y buscar soluciones al conflicto. Sin embargo, cuando el enfado se convierte en constante y la queja persistente puede generar el efecto contrario.

Quejarse sí, pero lo justo

Si las personas se quejan mucho en las diversas facetas de la vida, profesionales, materiales y personales, el pensamiento quejicoso puede convertirse en un mecanismo cerebral recurrente que se automatiza como parte de la realidad cotidiana. Este automatismo le puede hacer perder la conciencia de lo que realmente es la perspectiva coherente.

Como menciona Lauren Vinopal en su artículo en “Mel Magazine”, la química cerebral se puede ver modificada si estamos siempre enfadados y negativos, reforzando los circuitos neuronales que refuerzan la forma pesimista de pensar. Con el tiempo, puede que cada vez nos cueste más internalizar una emoción positiva.

 Por otra parte, de manera indirecta, las personas que te rodean pueden verse afectadas por las constantes lamentaciones. Ello puede tener un impacto negativo en las relaciones. Entre otros factores, el organismo secretaría una mayor cantidad de cortisol, que es la hormona del estrés, lo que puede acarrear de forma crónica problemas metabólicos, hipertensión, estado ánimo bajo, desmotivación, trastornos del sueño, problemas intestinales, etc.

En definitiva, todos estos factores consecuentes de ese estrés permanente no harían más que agudizar la sensación de malestar y enfado general, y cada vez costaría más disfrutar de aquello que sea positivo en nuestra vida.

Como antídoto ante el enfado crónico, aprovecha para exteriorizar, incluso por escrito, aquello que te ha generado el malestar y, con calma y serenidad, intenta revertirlo y corregirlo. Puedes pedir ayuda a otras personas para modificar el origen de ese enfado. Pero nunca dejes que invada en tu cerebro todas las bellas facetas de tu vida. De lo contrario, el cerebro también pagará fisiológicamente las consecuencias.

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